Presidentes de alianzas evangélicas de distintos países de Iberoamérica se reunieron con legisladores cristianos en la Asamblea Legislativa de Costa Rica para analizar uno de los grandes desafíos que enfrenta la Iglesia en la región: cómo influir positivamente en la sociedad y las políticas públicas sin transformar los púlpitos en espacios de campaña partidaria.
El encuentro, denominado “Llamados a gobernar”, se realizó el 14 de octubre en el Salón de los Expresidentes del Congreso costarricense y formó parte de la 13.ª Asamblea General de la Alianza Evangélica Latina (AEL).
También participaron representantes de la Federación Alianza Evangélica Costarricense y de Foro Mi País.
Durante la jornada se habló de participación ciudadana, libertad religiosa, formación de futuros dirigentes, experiencias de cristianos en cargos públicos y los límites que deben existir entre el liderazgo pastoral y la actividad político-partidaria.
Una Iglesia que creció, pero ¿logró transformar la sociedad?
Uno de los planteamientos centrales llegó de parte del evangelista Alberto Mottesi, quien participó mediante un mensaje en video.
Mottesi puso sobre la mesa una pregunta incómoda: si el movimiento evangélico ha crecido de manera extraordinaria en América Latina durante las últimas décadas, ¿por qué ese crecimiento no siempre se ha traducido en una transformación equivalente de las sociedades?
El evangelista recordó que durante años existió la expectativa de que una mayor cantidad de personas convertidas automáticamente produciría cambios profundos en una nación.
Sin embargo, sostuvo que la experiencia latinoamericana obliga a revisar esa idea.
Hay países, señaló, donde una proporción considerable de la población se identifica como evangélica y, aun así, los problemas sociales, políticos y económicos permanecen.
Para Mottesi, el desafío de la Iglesia no consiste simplemente en crecer numéricamente, sino en formar creyentes capaces de trasladar sus convicciones cristianas a las distintas áreas en las que sirven.
La participación cristiana no puede limitarse a un solo tema
El conferencista también advirtió contra reducir toda la participación política de los cristianos a una única causa.
La defensa de la vida, sostuvo, ocupa un lugar fundamental para muchos creyentes y ha movilizado a numerosos dirigentes cristianos en la región.
Pero consideró que una cosmovisión bíblica debería llevar a reflexionar igualmente sobre educación, justicia, pobreza, economía, corrupción, familia, seguridad, libertad religiosa y otros asuntos relacionados con el bien común.
“Ser provida no es suficiente. Es sumamente importante, pero no alcanza”, señaló.
Su planteamiento fue que los cristianos que ingresan al servicio público necesitan una visión más amplia y una preparación capaz de responder a la complejidad de gobernar.
Participar sin convertir el púlpito en una plataforma partidaria
Precisamente allí apareció una de las principales tensiones discutidas durante el foro.
Los participantes defendieron el derecho de los creyentes a involucrarse en la vida pública y consideraron necesario que existan cristianos preparados para ocupar posiciones de responsabilidad.
Al mismo tiempo, plantearon la importancia de diferenciar la formación de ciudadanos y dirigentes de la promoción electoral de partidos o candidatos desde las iglesias.
El debate resulta particularmente relevante en Costa Rica, donde existen restricciones constitucionales y electorales sobre la utilización de motivos religiosos para realizar propaganda política.
El pastor Reinaldo Salazar, director de Foro Mi País, relató su propia experiencia después de enfrentar un proceso ante el Tribunal Supremo de Elecciones relacionado con su actividad dentro del sector evangélico.
Su caso permitió discutir hasta dónde puede llegar la participación de un líder religioso antes de cruzar la línea que separa la incidencia pública de la intervención electoral directa.
“Sal y luz” fuera de las cuatro paredes
El presidente de la Federación Alianza Evangélica Costarricense, Ronald Vargas, defendió la necesidad de que la Iglesia no permanezca aislada de las realidades que atraviesan sus comunidades.
Para Vargas, el llamado bíblico a ser “sal y luz” implica que los cristianos deben participar de manera responsable en la sociedad y no limitar toda su actividad al interior de los templos.
La pregunta, entonces, no sería únicamente si los evangélicos deben tener presencia en la vida pública, sino cómo hacerlo sin comprometer la misión espiritual de la Iglesia.
Esa distinción ocupó buena parte de las reflexiones del encuentro.
Un pastor puede formar bíblicamente a su congregación sobre principios relacionados con justicia, verdad, dignidad humana o responsabilidad ciudadana sin necesariamente convertir el culto en un acto proselitista a favor de una agrupación política.
Preparar cristianos para servir
Otro de los énfasis fue la necesidad de formar profesionales cristianos antes de que lleguen a posiciones de influencia.
El foro planteó que la presencia evangélica en el Estado no debería improvisarse únicamente cuando se aproxima una elección.
Abogados, economistas, educadores, médicos, empresarios, académicos y profesionales de diferentes áreas pueden prepararse durante años para servir desde sus respectivos campos y, eventualmente, participar en la elaboración de políticas públicas.
Desde esta perspectiva, la influencia cristiana no depende solamente de tener pastores convertidos en políticos.
También puede producirse mediante creyentes que desarrollan su vocación profesional con integridad, excelencia y una comprensión profunda de los asuntos públicos.
Un desafío para una Iglesia cada vez más numerosa
El crecimiento evangélico ha convertido a las iglesias en un actor social cada vez más visible en numerosos países latinoamericanos.
Pero el encuentro en Costa Rica planteó que la cantidad de creyentes, por sí sola, no garantiza una influencia saludable.
El desafío será formar una generación capaz de participar sin confundir Iglesia y partido político, defender sus convicciones sin abandonar el diálogo democrático y entender el poder público como una responsabilidad de servicio.
Para los dirigentes reunidos en San José, la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio, pero también a formar creyentes que vivan su fe fuera de las cuatro paredes.
La cuestión que permanece abierta es cómo hacerlo correctamente.
Y en una América Latina donde millones se identifican como evangélicos, esa pregunta tiene cada vez mayor relevancia.