Un pastor bautista del estado de Chin, en Myanmar, fue asesinado por la junta militar del país junto con otro cristiano de la misma etnia, en medio del conflicto armado que continúa devastando distintas regiones del país desde el golpe de Estado de 2021.

La víctima fue identificada como el reverendo William, quien durante más de 25 años lideró la Iglesia Bautista de Chungcung. Según organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos, fue asesinado junto con Nam Ceu, otro cristiano chin.

Ambos habían sido detenidos en mayo y permanecían bajo custodia militar desde entonces. De acuerdo con International Christian Concern, las autoridades los acusaban de ayudar a la Fuerza de Defensa de Hakha Chinland, un grupo armado que combate contra la junta.

El reverendo William fue asesinado el 4 de junio, y su funeral se celebró el 26 de agosto en Chungcung, según informó el Burma Research Institute, con sede en Maryland.

William deja esposa y cinco hijos.

Una iglesia golpeada por la guerra

La comunidad que pastoreaba el reverendo William ya había sufrido ataques desde el inicio del conflicto.

En octubre de 2021, pocos meses después del golpe militar, la Iglesia Bautista de Chungcung fue saqueada e incendiada. La aldea que rodeaba el templo, compuesta por unas 300 viviendas, también fue blanco de repetidas incursiones violentas por parte de fuerzas vinculadas al régimen.

Para los cristianos chin, el asesinato del pastor no representa un hecho aislado. Forma parte de una ola más amplia de violencia contra comunidades étnicas y religiosas sospechadas por el ejército de apoyar a los movimientos de resistencia.

Los ataques han incluido bombardeos, desplazamientos forzados, saqueos, incendios y agresiones contra lugares de culto.

“Fue una ejecución extrajudicial”

El reverendo y doctor Robin Stoops, presidente de la junta directiva del Burma Research Institute y exsecretario general adjunto de las American Baptist Churches USA, expresó su dolor por el asesinato del pastor y pidió una respuesta internacional.

“Compartimos el dolor de su familia, de su congregación y de nuestros hermanos y hermanas chin de todas partes”, declaró.

Stoops calificó el crimen como una ejecución extrajudicial, realizada sin juicio ni debido proceso.

“Pero el dolor exige acción”, añadió. “Instamos a la comunidad internacional, y especialmente a Estados Unidos, a exigir responsabilidades a los autores”.

Stoops había visitado la aldea de Chungcung antes del golpe militar de 2021, por lo que conocía personalmente la realidad de la comunidad afectada.

Un país sumido en guerra desde 2021

Myanmar, también conocido como Birmania, atraviesa una grave crisis desde el golpe de Estado de febrero de 2021, cuando el ejército tomó el poder tras anular la segunda victoria electoral consecutiva del partido liderado por Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz.

Desde entonces, el conflicto se transformó en una guerra de alcance nacional.

A las luchas históricas entre el ejército y los movimientos armados de minorías étnicas en regiones fronterizas se sumaron nuevos grupos de resistencia prodemocracia. Muchos de estos grupos se aliaron con fuerzas étnicas ya establecidas, algunas de ellas integradas por comunidades cristianas.

El resultado ha sido una guerra prolongada, con ataques aéreos, bombardeos, desplazamientos masivos y enormes dificultades para la llegada de ayuda humanitaria.

Cristianos en zonas de alto riesgo

El conflicto golpea con fuerza a regiones donde hay una presencia cristiana significativa, como los estados de Chin, Kachin, Kayah y Karen, además de partes del estado de Shan.

En esas zonas viven aproximadamente dos millones de cristianos.

Aunque la mayoría de la población de Myanmar pertenece a la etnia birmana y profesa el budismo, el país también alberga numerosas minorías étnicas y religiosas.

Entre el 20 % y el 30 % de la etnia karen es cristiana, mientras que los cristianos son mayoría en los estados de Chin y Kachin.

Por esa razón, muchas comunidades cristianas quedan atrapadas entre la persecución religiosa, la represión militar y las acusaciones de colaborar con fuerzas de resistencia.

Iglesias atacadas y comunidades desplazadas

Grupos de derechos humanos han denunciado que soldados de Myanmar atacaron iglesias, monasterios budistas y otros lugares de culto como represalia contra comunidades sospechadas de ayudar a combatientes opositores.

Estos ataques no solo destruyen edificios religiosos. También golpean el corazón de comunidades que dependen de sus iglesias para reunirse, recibir apoyo espiritual, organizar ayuda y sostener la esperanza en medio de la violencia.

En varios estados, los bombardeos y las operaciones militares interrumpieron la asistencia humanitaria, dejaron familias desplazadas y obligaron a miles de personas a abandonar sus hogares.

Décadas de persecución ya habían empujado a muchos habitantes de Myanmar a huir hacia India y Tailandia. Algunos lograron reasentarse en Estados Unidos o Australia, pero muchos otros permanecen en campos de refugiados cerca de la frontera, enfrentando años de incertidumbre.

La junta pierde terreno, pero aumenta la represión

Diversos grupos de resistencia han tomado cientos de puestos de avanzada de la junta militar, mientras el ejército enfrenta deserciones y rendiciones en sus propias filas.

Según reportes humanitarios, esos avances dieron esperanza al movimiento prodemocracia, pero también provocaron una respuesta más dura de comandantes locales.

El ejército controla actualmente solo una parte limitada del territorio nacional, estimada en alrededor del 14 %. Sin embargo, su capacidad de realizar ataques aéreos, incursiones y represalias sigue causando un enorme sufrimiento civil.

En este contexto, líderes religiosos como el reverendo William quedan especialmente expuestos. Para muchas comunidades, los pastores no son solo guías espirituales, sino también referentes sociales, mediadores y figuras de contención en medio del caos.

Una pérdida para la Iglesia chin

La muerte del reverendo William representa un golpe profundo para la comunidad cristiana de Chin.

Durante más de dos décadas, había servido a su congregación en una región marcada por pobreza, aislamiento, presión militar y conflictos recurrentes.

Su asesinato deja a una familia sin esposo y padre, a una iglesia sin pastor y a una comunidad más golpeada por el temor.

Pero también expone la fragilidad de los cristianos en zonas donde la guerra borra las garantías más básicas: ser detenido sin juicio, acusado de colaborar con un grupo armado y ejecutado sin proceso legal.

Para sus hermanos en la fe, William no murió como un criminal juzgado por un tribunal, sino como un siervo de Dios arrebatado por la violencia de un régimen militar.

Un llamado a no olvidar a Myanmar

La situación de los cristianos en Myanmar exige oración, atención internacional y presión para que cesen los abusos contra civiles.

La Iglesia global no puede mirar con indiferencia a comunidades que sufren bombardeos, templos incendiados, líderes ejecutados y familias desplazadas.

El caso del reverendo William recuerda que, en muchas partes del mundo, pastorear una iglesia sigue siendo una labor de alto riesgo.

Mientras en otros lugares la fe se vive con libertad, en Myanmar muchos creyentes siguen reuniéndose bajo amenaza, huyendo de ataques y llorando a líderes asesinados.

Aun así, la Iglesia permanece.

Permanece entre aldeas destruidas, familias desplazadas y templos quemados. Permanece porque su esperanza no está puesta en la estabilidad política ni en la fuerza humana, sino en Cristo.

El reverendo William sirvió durante más de 25 años a su congregación.

Su muerte deja dolor, pero también un testimonio de fidelidad en medio de una nación quebrada por la violencia.