El día 8 de Mayo de 2011, algo terrible pasó en la vida de Aldana. Fue un día domingo, cuando su esposo se preparaba para ir a su trabajo en la ciudad de San Rafael, Mendoza. Sus dos hijas estaban todavía durmiendo. Aldana se despertó y al levantarse comenzó a sentirse mareada. En ese momento llamó a su esposo, que estaba en la puerta de la casa, abajo, esperando que su compañero de trabajo lo pasara a buscar. Julio subió rápidamente las escaleras, tras escuchar el llamado preocupante de su esposa. Al entrar en la habitación donde ella estaba, la encontró en un estado muy grave. La tomó en sus brazos y la llevó a la puerta, donde su compañero ya lo estaba esperando para trasladarla urgentemente al hospital.

La hora que siguió fue terrible y desesperante para Julio, mientras esperaba noticias sobre la salud de su esposa en el hall del hospital. Cuando creía que ya no podía esperar más, vio acercarse a uno de los doctores, quien le dio las noticias más terribles: Aldana, con tan sólo 42 años de edad, había sufrido un Accidente Cerebrovascular Isquémico (A.C.V.).  A causa del mismo, había perdido el uso del lado derecho de su cuerpo. Cuando Julio, luego de hablar con los médicos, logró llegar al lado de su esposa, ella no pudo hablarle.  La angustia y el temor se apoderaron de Julio porque parecía que la historia comenzaba a repetirse, pues la misma situación había sucedido hacía algunos años atrás, con la madre de Aldana, quien había fallecido a muy corta edad a causa de un A.C.V., y ahora era su propia esposa quien estaba atravesando esta terrible enfermedad.

Aldana pasó 9 días en el hospital. Luego de tomar muchos medicamentos, su alta presión se estabilizó, y los médicos le dieron permiso para regresar a su casa para estar con su familia. De todas maneras su condición era todavía tan grave que ni siquiera podía comenzar con la rehabilitación para recuperar la movilidad de su lado derecho.

A pesar de las advertencias de los doctores, Aldana, ya en su casa, y con toda su fuerza de voluntad intentó comenzar a vivir una vida normal. Fue así como un día se propuso ir de compras junto a su marido. Al bajar del auto e intentar dar los primeros pasos se dio cuenta de que sus pies se movían muy lentamente y debía arrastrarlos con mucho esfuerzo. Pero fue en ese trayecto, al cruzar la calle, cuando sucedió lo que para Aldana fue el peor momento de su vida: en medio de la avenida sus piernas se paralizaron completamente y ya no pudo volver a moverlas. Muy asustada, quedó tendida en el piso, y con lo que le quedaba de fuerzas miró hacia atrás, para descubrir con mucho temor y vergüenza que una larga fila de autos y muchos rostros confundidos la estaban observando atónitos y sin poder reaccionar. Fue allí donde los sentimientos de angustia, confusión, temor y dolor se agolparon en su corazón. Llorando con mucha tristeza, por primera vez se dio cuenta de la realidad que le tocaba vivir: “estaba discapacitada y esa sería su condición por el resto de su vida.”

Con mucho pesar en su corazón, Aldana tomó la decisión de volver al hospital. Realmente parecía que ya no había más esperanzas.

Por asistir a una Iglesia Evangélica, Julio y Aldana supieron de una Cruzada de Milagros que iba a tener lugar en su ciudad. Julio había conocido a Jesús unos años antes, y Aldana lo conocía desde niña. A pesar del frío y de las circunstancias en que se encontraban, pidieron una silla de ruedas al hospital, y juntos se acercaron al anfiteatro donde se estaba llevando a cabo la Cruzada de Milagros.

Aldana se ubicó en la primera fila, en el sector que estaba junto al escenario, donde había varias personas con discapacidades. Hacía tanto frío, que Julio tenía que estar constantemente frotando las piernas de su esposa, para evitar el dolor. Ese día el evangelista predicó acerca de la historia de un paralítico que fue llevado por sus amigos a una reunión donde estaba Jesús predicando. (Mateo 9:2-8). En la historia Jesús le dijo al paralítico: «¡Animo hijo; tus pecados son hoy perdonados!» Y luego le dijo «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Y contando esta historia el evangelista repitió dos veces «¡Hoy se cumple la Escritura!» En ese momento, y sin poder contener sus lágrimas, Aldana comenzó a pedir perdón por sus pecados, diciéndose a sí misma «¡Me voy a levantar, me voy a levantar!». Y fue en ese mismo instante cuando un fuego comenzó a subir por sus piernas y sintió la necesidad de levantarse. -«¡Julio, ayúdame a ponerme de pie, ayúdame a levantarme de la silla de ruedas!»- Julio la ayudó, y ella comenzó a dar un paso, luego otro, «¡Julio, mira lo que puedo hacer!». Para su sorpresa, la de su marido y la de todos los que la rodeaban comenzó a caminar, y tan solo unos minutos más tarde, Aldana no sólo estaba caminando, ¡ahora también ya estaba corriendo y saltando de alegría, sin poder contener los gritos y las lágrimas de felicidad! ¡El Señor Jesús la estaba haciendo libre de su enfermedad!

Al día siguiente, y con un gozo incontenible, imposible de disimular, regresaron al hospital para devolver la silla de ruedas y hacerse todos los chequeos. Tal fue el impacto que produjo en los doctores que la atendían el milagro que el Señor hizo con Aldana, que todos ellos, con lágrimas de emoción y sorpresa en sus ojos, reconocieron para la Gloria de Jesús la sanidad completa de Aldana. Su presión arterial estaba normalizada, su cuerpo estaba completamente normal, ya no había rastros ni ninguna secuela de aquella terrible enfermedad ¡y ya no necesitaba más medicamentos, ni tampoco la silla de ruedas!

Pasaron ya seis meses y Julio y Aldana están sirviendo al Señor en su iglesia como diáconos. Su vida y su familia han renacido… El Señor no sólo sanó completamente a Aldana sino que como familia también han recibido una nueva vida, una nueva oportunidad de volver a comenzar.