Eran las tres de la tarde cuando la Tercera Marcha de la Resurrección de la Iglesia Evangélica Betel inició su rumbo hacia la Plaza del Pilar. Desde la calle Benjamín Franklin, localización donde se encuentra uno de los locales de la iglesia en Zaragoza, 350 feligreses iniciaron una especial procesión. Una gran cruz vacía, con un cartel donde podía leerse “Él vive”, presidía la marcha.

Junto a ella, encima de un remolque decorado con diferentes pancartas que incluían mensajes como “Jesucristo es el camino, la verdad y la vida”, un pequeño grupo de alabanza acompañó con cánticos todo el trayecto. A sus voces se unieron las de todos los presentes. Pero no fue la única música presente. Ocho tambores y tres panderetas se ubicaban en fila tras el pequeño camión. Todos ellos, tocando a un mismo son.

A continuación, un grupo de danza, formado en su totalidad por jóvenes, bailó sin descanso. Muchos de ellos ondeaban a su vez un pañuelo azul. Otros lo llevaban atado a la muñeca o a la cintura. Había quien lo llevaba alrededor del cuello… Una imagen que se repetía al observar a los asistentes. Y es que aquel pañuelo azul no era solo un accesorio más. Era el símbolo que identificaba la marcha de este año. Llevarlo suponía, por tanto, una declaración pública: “Yo soy parte de la marcha. Yo creo que Jesús vive y quiero celebrarlo”. A la entrada del puente de piedra, todo se paró.

El evangelista Carlos Yélamo, en la capital maña desde hace cinco años, tomó el micrófono y tras leer un breve pasaje bíblico, hizo una oración por Zaragoza. Al finalizar, la música comenzó de nuevo, retomándose así el camino hacia el destino final. Esta vez, la frase “¡Cristo vive!” resonó con más fuerza entre la batucada, incrementando su intensidad a medida que la marcha se acercaba a la emblemática plaza. El lugar donde quedan recogidos los poderes ejecutivo, jurídico y religioso de la ciudad.

Las cuatro de la tarde. Una hora después de que todo comenzara, se alcanzó el objetivo. Formando un círculo, con la escultura de Goya a la espalda y siempre con la cruz vacía en un lugar preferente, se inició un pequeño programa evangelístico con una línea clara: hablar de la resurrección de Jesús y de los beneficios para el hombre si este reconoce que Dios lo levantó de los muertos.

Un flashmob integrado por jóvenes de las diferentes congregaciones de la Iglesia Evangélica Betel en Zaragoza sirvió de apertura. A continuación, y tras un nuevo baile y un testimonio, llegó el turno del mensaje. De nuevo Yélamo tomó la palabra. Esta vez para dirigirse, de forma breve y clara, a aquellas personas que pasaban por la plaza buscando un sentido a su vida que solo puede encontrarse en Jesús. Una segunda oportunidad. En palabras del evangelista, si hoy podemos estar seguro de que vamos al cielo, no es por nuestras virtudes, “sino por las de aquel que hoy ya no está en una cruz ni en una tumba”. Uno de los momentos más emotivos fue la oración por la ciudad.

Todos los que habían asistido a la marcha se dieron la vuelta. Con la cruz a sus espaldas, miraron en las diferentes direcciones y, extendiendo sus manos, declararon que Zaragoza es para Cristo. Nada más terminar, los presentes irrumpieron en aplausos. Una pequeña alabanza, un nuevo testimonio y la repetición del flashmob inicial pusieron el broche a una jornada de celebración en la que la Iglesia Evangélica, por tercer año consecutivo, decidió no quedarse callada y salir a las calles para compartir con alegría su fe así como la gran verdad de que Cristo no está muerto