¡Bienvenida mujer, unidas somos más fuertes!

Estos días meditaba y tras largas charlas con mujeres del ámbito secular y cristiano, podía profundizar en un punto fuerte de conexión, sobre la importancia de dar trascendencia a aquello que se hace difícil expresar.

¿Te causa curiosidad saber por qué hay un estigma tan profundo respecto a la salud mental? Y aún más ¿qué acontece en una comunidad cristiana, en la que pareciera que es un tema “tabú” el esconder este tipo de problemáticas, sin hablar abiertamente de ellas?

¿Por qué la costumbre de pasarlas por alto?¿Acaso pesa más el que dirán?

 ¡Hoy es día de libertad, y con fe en mi corazón, ya puedo oír cadenas romperse en nombre de Jesús!

Favorablemente, en nuestra cultura actual muchas cosas han mudado. Acertadamente se están sosteniendo conversaciones más abiertas al respecto…Somos humanas, y Dios nos creó con pensamientos y emociones, estas últimas fueron creadas para que podamos ser capaces de sentir por nosotras mismas.

Dios nos dio la habilidad de balancear el manejo de nuestras emociones y de fortalecer nuestra fe, mediante una relación con él; y acá se encuentra el punto en el que debemos aprender a equilibrarlas, porque ambas son necesarias e indispensables para nuestra vida.

Vivir la vida cristiana no se trata sólo de alegrarse en los momentos más felices, sino también de “experimentar y crecer” en el padecimiento de las dificultades.

Este camino no puede transitarse solo. La ayuda sostenible de nuestro Dios y Padre, y reconocer que necesitamos contar con un prójimo es maravilloso, ya que como comunidad podemos unirnos, compartiendo nuestras historias y vivencias..Podemos regocijarnos con los que se regocijan, llorar con los que lloran (Romanos 12:15).

¿Cómo le explicaríamos al profeta Jeremías que nos cuesta salir del pozo del desánimo? Cuando él estuvo con el lodo hasta el cuello en una cisterna.

¿Cómo le explicaríamos al profeta Elías que simplemente queremos echarnos a morir dentro de una cueva? Cuando él estuvo metido allí con miedo, luego que el fuego descendiese del cielo matando a los 450 profetas de Baal, y ahora estaba acobardado porque buscaban su muerte.

¿Cómo le explicaríamos a María de Betania que no podemos salir de la depresión, luego de atravesar el dolor de la muerte de un ser amado? Cuando ella tuvo a su hermano fallecido durante 4 días, hasta que llegó Jesús y le devolvió la vida a Lázaro.

¿Cómo le explicaríamos a María Magdalena que no podemos salir de la vergüenza del pecado pasado, que nos persigue hasta el día de hoy? Cuando ella se encontró con el Maestro que la dignificó y la hizo parte de su vida y ministerio; y su vida siempre será recordada como aquella mujer, a quien se le dio la primicia de la resurrección de su Rabí.

Podríamos hacernos todos los interrogantes posibles. Pararnos ante el dolor más difícil de soportar, situarnos en la herida más profunda a sanar y allí estaría Dios y sus brazos de amor, su mirada de paz, su presencia que le da vida a nuestro ser…

Hablar de lo que nos pasa, es reconocer que no podemos solas. Hablar sana, libera y restaura. ¡De su mano todo es posible! ¡Siempre habrá una salida!