“Caminando entre los bancos me sentí como si estuviera en un acuario”. Así es cómo Darius (27 años) de Irán describe su primera vez en una iglesia, un lugar que él nunca había esperado visitar. Ahora visita una iglesia cada semana. Ésta es su historia.

“Nací en una de las ciudades más grandes de Irán, crecí con una hermana y dos hermanos más pequeños. Éramos musulmanes, pero no éramos muy estrictos. Mi padre siempre estaba ocupado buscando formas de ganar más y más dinero. Siempre siguió el islam, excepto en lo referente al dinero. El dinero estaba antes que la religión. Como mi padre, yo también amaba el dinero. El dinero te da amigos, respeto y diversión. Solo quería divertirme mientras crecía. Cada noche pasaba tiempo con mis amigos, yendo de sitio a sitio de la ciudad. Me gustaba”.

“Tenía una vida buena y llena de diversión. Así que me sorprendí cuando un día me encontré a mí mismo con un pensamiento extraño en mi mente: `Ve e investiga acerca del cristianismo’. Estaba perplejo por el pensamiento. ¿Por qué investigaría yo el cristianismo? Por lo que había oído, era una religión anticuada y los cristianos eran gente rara. Encima, era peligroso. ¿Por qué elegiría arriesgarme a ser encarcelado y morir por encima de divertirme? Pero los pensamientos seguían apareciendo y no sabía por qué”.

La pregunta peligrosa

“No fue fácil descubrir más. De hecho, debido a razones de seguridad, las iglesias donde iba para tener más información me echaban. Ya me había rendido cuando recordé a mi amigo que trabajaba para las fuerzas de seguridad investigando actividades clandestinas ilegales. Su trabajo era rastrear todas las actividades clandestinas, incluido el cristianismo clandestino, y enterrar las iglesias que activas en el evangelismo, prohibido. Con cautela, le pregunté sobre el tema – haciéndolo parecer como una broma –, escondiendo el hecho de que en realidad estaba interesado en conocer más sobre el cristianismo. Mi plan funcionó. Me dio la dirección de una iglesia”. “Estaba emocionado de visitar la iglesia. La primera semana me quedé afuera y hablé con un miembro. Pero a la semana siguiente, uno de los miembros me hizo una pregunta peligrosa: `¿Quieres entrar y disfrutar de la reunión?` He de explicar que eso es algo que tú no haces cuando eres musulmán en Irán. Así que mi pensamiento inicial fue: ‘¡No, no, no!’ Pero mientras mi mente daba vueltas a todos estos pensamientos, había también un pensamiento dentro de mí que sabía que éste era el momento. Respiré hondo. ‘Sí’, les dije”.

Un sentimiento de paz

“El hombre abrió la puerta por mí. Había visto muchas mezquitas desde dentro. Las grandes, las pequeñas, antiguas y modernas. Pero el sentimiento que tuve cuando entré en la iglesia fue algo que nunca antes había sentido. Caminando entre los bancos me sentí como si estuviera en un acuario, como si hubiera una especie de peso sobre mis hombros. Me senté allí y me sentí abrumado. No por lo que vi, sino por lo que sentí. Nunca me sentí tan en paz”. “Comencé a tener lecciones con uno de los miembros de la iglesia. Se lo conté a un amigo y él no se alegró tanto. Me rogó que viera a un líder religioso – un `mini-ayatolá’, como yo lo llamaba – que estaba entrenado especialmente para ayudar a aquellos que estaban interesados en el cristianismo a volver al islam. Pero para todo lo que el líder religioso decía sobre el islam, encontraba una alternativa mejor en la Biblia”.

“No fue un momento específico, un relámpago fugaz, ni un sueño. Fue gradualmente que me convertí en cristiano. Fue como si las cortinas que habían estado colgando delante de esta verdad durante mucho tiempo se abrieran para mí. Lo que vi era precioso. Elegí ser cristiano, o más bien Dios me había elegido a mí”.

 

Dejándo todo atrás

“No les conté directamente a mi familia acerca de mi nueva fe. Cuando lo supieron, se sorprendieron. Esperaban que me metiera en drogas o en problemas con la policía. Pero nunca esperaban que me convirtiera en cristiano. No estaban contentos con mi nueva fe, pero tampoco me dieron problemas”.

“Fue para proteger a la iglesia que me había evangelizado que finalmente decidí marcharme de Irán. Si las autoridades hubieran descubierto sus actividades evangelizadoras, podrían terminar en la cárcel y yo era una carga para ellos”.

 

Bendiciones

“Tenía 18 años cuando dejé mi casa. Ahora tengo 27. No he vuelto a Irán desde entonces y no he visto a mi familia tampoco. Es un gran sacrificio. Pero aprendí de la Biblia que si haces algo en el nombre de Jesús, serás recompensado. Puedo ahondarme en echar de menos a mi familia o, en su lugar, centrarme en mis bendiciones. Tengo una nueva casa en el extranjero y una iglesia a la que puedo asistir libremente”.

“Dios vive conmigo; tiene sus ojos sobre mí. Mi madre puede amarme, pero no como me ama el Señor. Mi padre puede sacarme de problemas, pero no de la manera que lo hace el Señor. Sí, a pesar de todo, estoy indudablemente feliz y agradecido”.