Hoy se ve un césped hermoso, si supieras cuantos años me llevo poder tenerlo, así como esta hoy. Había una montaña de escombros que parecía nunca terminar, cuando termine con el escombro debajo quedo una tierra dura, reseca, que tenía que regarla todos los días, hasta quedar como barro, porque era tan seca que se partía y necesitaba muchísima agua. Después que termine con la piedras, el pasto comenzó a crecer, entre el pasto creció un yuyo horrible, que las máquinas de cortar no lo terminaban, este pasto traía arañas y hormigueros debajo. Entonces todos los días, arrancaba el yuyo con la mano de raiz, lo sacaba y volvía a salir, hasta que no se como, pero lo terminé, no volvió a salir nunca más.

Así es nuestra vida en Cristo, llegamos a Jesús con un montón de escombros, maldiciones generacionales, estructuras de pensamientos, cargas, traumas, pecados, iniquidades, Dolores, y tantas cosas más, parecen una montaña interminable, pero hay comienza el trabajo del Espíritu Santo, en un corazón arrepentido y dispuesto a sacar esa montaña. Después de los años, la montaña ya no existe, la sangre de Cristo, la palabra de Dios, las oraciones, hicieron efecto, tuviste un nuevo nacimiento en Cristo Jesús, tenemos un terreno libre para que Dios comience a usarnos, pero no es todo, hay más, necesitamos ser sumergidos completamente por el agua del Espíritu Santo, hasta que ninguna parte de nuestra vida quede seca, hasta que completamente seamos esa tierra fructífera, lista para dar frutos.

Hay un potencial extraordinario en tu vida, sos la tierra prometida, sos ese terreno fértil que va a multiplicar al 100 × 1, los planes y los propósitos eternos de nuestro Padre CELESTIAL.

Aún cuando ya tengas tiempo en Cristo, hay yuyos, hay plantas malignas sembradas por el enemigo que tenemos que sacar todos los días, quizás son pensamientos, tristezas, decepciones, amarguras, dolor, quizás son situaciones sembradas en tu matrimonio o en tu familia, puestas para destruirte, dividirte de tus seres amados.

Trabaja, trabaja y trabaja, arrancamos cada día, hasta que desaparezcan, hasta que un día te levantes y glorifiques a Dios, sabiendo que solamente el te dio fuerzas para seguir y permanecer luchando.
Un corazón dispuesto a dejarse trabajar y moldear por nuestro Padre, nunca va a ser despreciado.
No desistas, sigue trabajando, un día disfrutarás, mirarás atrás y verás como Dios te transformó día tras día y tus frutos permanecerán, serán testimonios vivos para muchos, que al solo mirarte verán el poder extraordinario de nuestro Dios, creerán y seguirán tus pasos.

Para ti, la mejor ofrenda es la humildad. Tú, mi Dios, no desprecias a quien con sinceridad se humilla y se arrepiente. Salmos 51.16

Por Daiana Escobar