Cuando ponemos nuestros pasos en dirección a la voz de Dios es cuando encontramos la verdadera satisfacción, pues estamos otra vez viviendo en la comunión para la que se nos creó. Y esa satisfacción, ese gozo, no significa estar exentos de los dolores, del cansancio, ni quiere decir que los problemas que los crean se van mágicamente.

El salmista veía claramente que no existía mayor disfrute posible que el de aquel que linea sus pasos con Dios, pues ellos tendrán a su disposición las fuerzas de Dios. Y esa fuerza, ese poder magnífico es necesario por lo que dice el versículo siguiente «…cuando anden por el valle del Llanto…».

La victoria el cristiano la alcanza en medio de ese valle. Muchas son las ocasiones en las que Dios nos evita pasar por lugares de dolor, pero otras tantas él permite que entremos de lleno a lugares que nos atemorizan, que nos duelen, que de estar solos nos harían perder el aliento. Pero aquel que camina junto a Dios, puede tener la seguridad que en ese valle de dolor, el Dios que hace brotar agua de la roca hará que la esterilidad momentánea del que sufre, del que está cansado y desanimado, se transformen por su poder y su gracia en manantiales.

Caminemos entonces con nuestros pasos enfocados en la voluntad de Dios y no habrá para nosotros valle de sombras que no se transformen en luz, ni valles de llanto que no sean transformados en poderosos torrentes de bendición. Disfrutemos de la felicidad de aquellos que tienen como fuente de la misma una relación constante, cotidiana, vital y redentora, con la fuente de todo bien.