Con los ojos bien abiertos por el desastre ante él, sólo podía pensar en una cosa: “nunca tendría que haber hecho lo que se me pidió no hacer una y otra vez…”. Pero el lío ya estaba hecho, y ahora aquella colección de cerámica que tanto le había costado a su padre recolectar de todos los rincones del mundo era sólo un montón de piezas desechas.
Es que sólo había querido ayudar, y tal vez mejorar, con su sello personal, la forma en que aquellas piezas estaban dispuestas en las repisas. Por ello es que se tomó la libertad de mover ésta para acá, y aquella para allá, pensando que nada podría salir mal. Estaba casi por terminar cuando vio aquella pequeña vasija en el piso más alto de la repisa. Como no alcanzaba aquel lugar, decidió arrimar una silla para poder tener acceso a aquella pieza y ubicarla en algún otro lugar, más visible. Y fue justo cuando ya la tenía en sus manos que todo se vino debajo de una manera imprevista, demasiado rápido para cualquier reacción de su parte. Al apoyarse un poco en una de las repisas, ésta cedió y en un efecto dominó fulminante, todo fue a parar al piso para convertirse en un amasijo de piezas entremezcladas. Y ahí estaba él, con aquella pequeña vasija en sus manos y toda la colección de su padre en ruinas.
Luego del asombro, y del consabido reto, su padre se dirigió a su escritorio. Desde la puerta él miraba qué haría ahora su padre ante el desastre que había ocasionado. Vio que buscaba en un cajón su agenda, y que rápidamente se puso a buscar algún número. Escuchó la conversación telefónica donde las palabras “desastre”, “roto”, “basura”, se repetían una y otra vez. Pero luego, el tono de su padre se fue calmando, y él preguntó a su interlocutor: “¿A qué hora puede venir?”.

El hombre del otro lado de la línea apareció en la puerta de la casa unas horas después, y sólo miró un instante aquel lío, para luego ponerse a trabajar, arreglando de a poco todo aquello. Después de varios días de paciente trabajo, aquel hombre pidió a todos en la casa que fueran a ver su restauración terminada. El asombro fue general al ver toda la colección en su lugar, arreglada por aquel restaurador. El sol, al entrar por la ventana, permitió ver que cada una de las piezas tenía unidas sus piezas con finas líneas irregulares de un color dorado intenso que brillaba con fuerza. Obviamente no habían quedado como antes, se habían convertido en otro tipo de belleza, y las fracturas y quiebres ahora eran visibles, pero no eran sinónimo de desastre, sino de belleza, y de amoroso trabajo. Y lo que podría haber sido destinado a la basura era ahora una colección asombrosa donde las heridas sufridas eran parte de su belleza.
Existe una técnica japonesa llamada Kintsugi (金継ぎ), que es el arte de reparar con oro piezas de cerámica rotas. En muchos casos, platos, vasijas, o jarrones que no tienen valor alguno por las grietas que el paso de los años o el descuido le han producido, son totalmente revalorizadas cuando alguno de los maestros en ésta técnica ponen sus manos en ellos; algo que estaba destinado a la basura puede ser ahora una pieza de alto valor monetario. Nosotros también, sea por el paso de los años con sus idas y vueltas, sea por nuestro descuido, vamos quedando marcados, agrietados, fracturados. Sólo cuando la mano del Maestro trabaja en nosotros podemos ver que aun cuando las cicatrices no desaparecen, ellas son ahora parte de la obra de arte especial, única, que él quiere realizar con cada uno de nosotros. Con un cuidado que sólo él pone en ese proceso de restauración, nos deja con el sello de su belleza cuando nos dejamos en sus manos para que él obre.
Pero hay que permitir que sus manos nos trabajen y den forma; de otra manera, esas grietas, esas fracturas, lo único que harán será agrandarse y resquebrajarse cada día más. Sólo en sus manos, en sus tiempos, con todo su amor, podremos ir siendo completados para ser la pieza única, hermosa e irrepetible que él tiene en mente. Y al final de cada proceso, dónde había quiebre, dolor, y pérdida, habrá una nueva obra creada por el toque amoroso y experto del Maestro.

Por Marcos Felipe