El misionero argentino de “Every Home for Christ”, Agustín, junto a otros miembros del ministerio estaban evangelizando a las pandillas que controlan el vecindario. Cuando dos hombres armados se le acercaron y le pidieron todas sus pertenencias a golpes.

Inmóviles, sólo atinaron a entregarles el poco dinero que llevaban, sus teléfonos móviles y las llaves de su camioneta con todas las Biblias dentro. Los ladrones dejaron a Agustín y sus compañeros en un lugar peligroso. Aunque estaban desanimados, le dieron gracias a Dios por haber guardado sus vidas, rogando en oraciones para poder recuperar las Biblias y otros libros cristianos.

A poco tiempo, la policía encontró la camioneta totalmente quemada por los ladrones para cubrir sus huellas pero al lado estaban las cajas de la Biblia, intactas. Agustín y sus compañeros se quebrantaron hasta las lágrimas.

Varios meses después cuando Agustín continuaba su labor evangelizadora con los prisioneros que habían aceptado a Cristo en una cárcel de Argentina, uno de ellos oyó el testimonio del robo y que las Biblias repartidas eran las sobrevivientes de ese día, el interno decidió confesarle algo a Agustín.

“Fui yo y uno de otros reclusos de esta prisión los que les atacaron y robaron su camioneta”, le confesó el interno. Aturdido por la noticia, Agustín se puso a llorar junto al prisionero, quien le pedía perdón por sus errores y le confesó que ahora habían entregado su vida a Cristo y dejaron la vida de ladrón atrás.