La Biblia dice que “…por la Palabra de Dios fue constituido el universo.” (Hebreos 11:3) Y también, que “…de la abundancia del corazón habla la boca.”(Lucas 6:45) Teniendo ambos conceptos en mente, pienso lo siguiente: Cada Palabra tiene ondas sonoras que vibran a una determinada velocidad porque son sonido impulsado por el aliento que sale de los pulmones. El corazón late, haciendo también un sonido con un ritmo determinado. Las Palabra que crearon el universo esbozadas nada más y nada menos por Jesucristo (Del cual dice en el primer capítulo del Evangelio de Juan: “Todo fue hecho por él…”) fueron realizadas en completa sintonía con su el ritmo de su corazón. Tú y yo somos parte del universo. Por ende, fuimos nombrados por Jesús para que en un determinado momento de la historia, de repente, irrumpamos entre el tiempo y el espacio para tomar existencia a causa de tener un espacio en su corazón.

     ¿Existimos? Claro, sino yo no estaría escribiendo y tu no estarías leyendo.

     ¿Por qué? Porque en un momento, dentro de la eternidad, Dios nos tuvo en su corazón y decidió decir lo que sentía y así llegamos a existir.

     ¿Para qué? Con un propósito, que nuestra vida sea adoración pura ya que nacimos del lugar en dónde no sólo se afinan todas las armonías existentes, sino, donde éstas son creadas.

     ¿Cómo adoro? Siendo tu misma/o, el modelo original de ti mismo adora a Dios en forma natural porque salió del corazón de Dios con ese fin.

     ¿Y si perdí el ritmo y me aceleré o bajé demasiado las revoluciones? Jesús te llama de vuelta hacia él si estás cansada/o y trabajada/o para hacerte descansar.

     ¿Cómo hago para recuperar ese ritmo? Acercándose a la fuente, al corazón de Cristo.

     “Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa reclinado en el pecho de Jesús.”(Juan 13:23 LABA)

     Creo que cuando Juan se recostó sobre el corazón de Jesús, no estaba solamente descansando, sino re afinándose a sí mismo con el oído puesto en el corazón de Jesús: “La Fábrica del Universo.”

     Curiosamente antes de esa escena, comienza el capítulo diciendo: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” 

     La fiesta de la Pascua o también conocida como famoso Pesaj, tipifica la liberación del pueblo de Dios. Jesús sabía que ya había llegado su hora de ir al Padre, le tocaba morir. Había llegado el tiempo de la redención por medio la Cruz. Dice que amó a los suyos (todos los que creemos en él) hasta el fin. (O como dice otra traducción: “hasta la eternidad”). ¿Cómo se hace para amar a hasta la eternidad estando en el presente? Jesús lo mostró de la siguiente forma:

“Jesús sabía que el Padre le había dado autoridad sobre todas las cosas y que había venido de Dios y regresaría a Dios. Así que se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego comenzó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.” (Juan 13:3-5 NTV) 

     Jesús conocía quién era, de dónde venía y a dónde iba. Su identidad estaba totalmente clara. Sabía que era Dios. Y que para aparecer dentro de la existencia y el tiempo tuvo que nombrarse así mismo desde la eternidad para lograr existir en el marco temoro-espacial. Por eso dice en Juan 1:1 que “En el principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios; y la Palabra era Dios.” Jesús tenía definida su identidad como Mayor que el resto, e hizo lo que un Padre o un Gran Hermano mayor haría con un niño pequeño y sucio, que piensa que por un poco de basura que pisó en el camino ya no tiene derecho a caminar. El Maestro se puso en pié, dejando la comida en la mesa (Dios dejó su lugar para lavar a los que se habían ensuciado) se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente; dejando su autoridad de costado por un momento y entendiendo que para limpiar la suciedad de los que amamos, en ocasiones tenemos ponernos a la altura de las miserias de otros (Definición de misericordia).

     El corazón de Jesús se ve reflejado en sus Palabras, las cuales se convierten en acciones. 

     Dentro de los seis días de la creación, porque al séptimo descansó. Se puede leer la frase “Dijo Dios…”  un total de ocho veces. Y siempre concluyen de la misma manera, las primeras cinco veces con un “…y así fue.” Y el resto con un “…Dios creó…” o un “…y Dios hizo…” Y finaliza diciendo: “Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido.”(Génesis 2:2 NVI) 

     Esto refleja que cada vez que Dios comienza algo lo termina. Cuando Él Rey sella un edicto, no puede ser revocado. Si Dios lo dice lo hace; por consecuencia, lo que dijo que va a hacer con tu vida y la mía, precisamente en este momento puede estar en el punto céntrico entre el “Dijo Dios…” y el “… y así fue.”

     Y Jesús concluye el lavado de pies con una enseñanza impactante, como es su costumbre: “Después de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, se sentó y preguntó: —¿Entienden lo que acabo de hacer? Ustedes me llaman “Maestro” y “Señor” y tienen razón, porque es lo que soy. Y, dado que yo, su Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les di mi ejemplo para que lo sigan. Hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Les digo la verdad, los esclavos no son superiores a su amo ni el mensajero es más importante que quien envía el mensaje. Ahora que saben estas cosas, Dios los bendecirá por hacerlas.”(Juan 13:12-17 NTV)

     Jesús explica magistralmente: “…Les di mi ejemplo para que lo sigan.”  En otras palabras, el hecho de movernos al compás del corazón de Jesús, siguiendo su ritmo en adoración continua tiene que ver con ser quienes nacimos para ser; ocupando el roll que nacimos para ocupar. Conocer nuestra identidad. Seguir completamente su ejemplo. Como supo decir también el Señor: “Cuando ustedes digan “sí”, que sea realmente sí; y cuando digan “no”, que sea no…”(Mateo 5:37 NVI)  Imitar al Cristo es poder finalizar nuestros días con un estruendoso: CONSUMADO ES, que haga temblar la tierra, dejando atónitos a todos los que pensaron que nuestra vida no tenía sentido mientras Cristo usa nuestro testimonio para darle sentido a la vida de alguien más. 

     Para concluir, volviendo esa escena antes nombrada de Juan, inclinado con el oído puesto en el corazón de Jesús. El en ese momento, joven Apóstol nos enseña que para movernos en ritmo del latir corazón de Cristo , más allá de cualquier regla musical o técnica, tenemos que estar bien cerca y aprender a “tocar de oído” porque a Él nunca se lo aprende de memoria, para imitarlo se lo observa y se lo escucha. 

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