Me encanta pasar tiempo con niños porque en ellos encuentro misterios del Reino de Dios.

Recuerdo que en el invierno que pasó por ejemplo: me pidieron si podía cubrir un espacio con pequeños de 3 a 5 años por media hora (Yo acostumbro a encargarme de pre-adolescentes y jóvenes regularmente)  con un poco de luchas al principio acepté el reto. De repente, una nena se acercó y me dijo que tenía calor, la miré con una sonrisa, porque me causó mucha ternura en la forma que me habló; la ayude a sacarse su camperita mientras todos miraban. Entonces, de pronto, se empezaron a acercar de a cinco chiquitos a decirme que tenían calor porque vieron que yo le había prestado atención a la primera con una sonrisa. De un momento a otro tenía como veintitantos soldaditos alrededor queriendo mostrarme sus abrigos.

 ¿Qué aprendí con esto? Ellos vieron que algo le gustó a su maestro y quisieron llamarle la atención a toda costa porque notaron que si una sola podía hacerlo, el maestro les prestaría atención a todos. Ellos vieron que con ternura podrían agradarle al maestro. Su pensamiento fue:  “-Si ella pudo, yo también puedo.”

Entendí que servir a Dios no tiene que ver con un status social ni una posición específica sino con la acción consecuente de querer ver la sonrisa del Maestro con ternura a partir de las cosas simples.

“En aquel momento Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños. Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad.”(Lucas 10:21 NVI)               

 

                                                                                   Mariano Javier Virnik