Estoy en la oficina, dando vueltas en mi escritorio y repasando mi última investigación, cuando el teléfono suena. “Hola, habla Kate.” Es Jan, del consultorio del doctor. Recita un pequeño discurso preparado, pero mi mente se detiene por completo. Puedo oír que habla, pero no puedo distinguir las palabras. No es la vesícula, eso alcanzo a escuchar. Está en todas partes. “¿Qué está en todas partes?” Pregunto. “Cáncer.” Escucho el zumbido del teléfono. “Sra. Bowler.”

El tratamiento comienza a fines de octubre. Estoy cansada la mayor parte del tiempo, pero me siento impulsada a aprovechar al máximo cada segundo y no desperdiciar los momentos. Comienzo a escribir. En la cama, en la silla de quimio, en la sala de espera, trato de decir algo acerca de estar muriendo en un mundo donde todo pasa por alguna razón. Cada vez que me descubro en un momento de angustia, lo expreso a través de la escritura.

Y de repente, sin pensarlo demasiado, envío mis escritos al New York Times, sin analizar si eran lo suficientemente buenos ya que estaban infectados con la urgencia de la muerte. Un editor los lee y los publica en la página central del Sunday Review. Millones de personas lo leen. Cientos lo comparten y comienzan a escribirme. Y la mayoría empiezan con las mismas palabras. “Tengo miedo.”

Yo también… yo también.

“Tengo miedo de perder a mis padres,” escribe un joven. “Sé que sucederá pronto, pero no puedo hacerme a la idea .” Tengo miedo por mi hijo,” dice un padre de Arkansas. “Ha sido diagnosticado con un tumor cerebral a los 44 años, algo devastador a lo que se suma la pérdida de su hermano gemelo debido a la misma enfermedad hace unos años.”

Estas cartas cantan con un amor inexplicable en la cara de la Gran Separación. “No te vayas, no te vayas, tú eres el ancla de mi vida.” Se siente como si el mundo se hubiera quebrado, y no para de sangrar. Cientos de emails, cartas, imágenes, y videos llenan mi casilla de correos. Extraños exteriorizan su enojo en cada etapa de su propia angustia. La depresión se plasma en cada página como un sello.

Un hombre joven escribe: “Supongo que esperaba que Dios hiciera algo con esto. Pero nada pasó.” El vacío es profundo y sin sentido. Y es inmisericorde el hecho de que algunas personas tengan el derecho de mirarme a los ojos y decirme, ‘Tienes suerte’. Una mujer joven me explica gentilmente que el cáncer le robó su fertilidad sólo unos meses antes de conocer al amor de su vida. Si alguna vez logra deshacerse de la enfermedad, aunque sea por un momento, tratará de adoptar. “Abraza fuerte a tu hijo, eres afortunada por tenerlo.”

Hay toneladas de negación, y toneladas de intentos de las personas por negociar con Dios. “Soy ateo, pero lo dejé a un lado, y le rogué a Dios que se llevara el cáncer de mi hijo y lo pusiera en mi.”

Muchos se dirigen hacia mí como familia. “Como padre, lo lamento,” “soy madre y desearía poder abrazarte en este momento.” Ellos desean consolarme pero sus experiencias les dicen que la vida nunca es justa. “Quiero que sepas lo mucho que estoy orando por ti y cuánto agradezco tu fe. Lamento que tengamos que decir como Job, ‘Aunque Él me matare, en el esperaré.”

Si, si, si. Aún así esperaré en él. Ya no sé qué significa la palabra ‘esperar’, excepto que por momentos entiendo que se parece mucho a ‘amar’.

Mi casilla de correo está llena de extraños dando razones. La mayoría de ellos se desesperan por darme certezas. Quieren que yo sepa, sin ninguna duda, que existe una lógica escondida en todo este caos. Aún cuando me encontraba todavía en el hospital, una vecina vino a mi puerta y le dijo a mi esposo que todo sucede por alguna razón. “Amo escuchar eso,” contestó él. “¿Perdón?,” replicó ella sorprendida. “La razón es que mi esposa está muriendo,” dijo él en esa forma dulce y calmada que tiene al hablar, cerrando así definitivamente la conversación mientras la vecina quedaba sin palabras, sosteniendo su cacerola.

Las cartas que realmente me llegan no son las que hablan acerca de porqué morimos; sino las que hablan acerca de quién está en ese momento. Un hombre escribe contándome cómo fue tomado de rehén junto a su familia y como tuvo que ver, sin poder hacer nada, a los delincuentes presionar sus armas contra las narices de sus hijos mientras amenazaban a su esposa e hija con violarlas. Pero Dios estaba allí y él no puede explicarlo. No puede explicar cómo las cuerdas se desataron y pudo escapar junto a su familia totalmente ilesos. Tampoco puede entender porqué él sobrevivió, cuando su vecino fue encontrado colgado de una cuerda a la mañana siguiente.

Él no racionaliza porqué algunas personas son rescatadas y otras asesinadas y no entiende mucho acerca de cómo Dios ‘redime’ situaciones sacando algo bueno de lo malo. Pero lo que sí sabe es que Dios estaba allí porque sintió paz, una indescriptible paz que lo cambió para siempre. Termina su carta casi susurrando: “no tengo idea de cómo funciona esto, pero lo deseo para ti mientras sigues adelante.”

Su descripción concuerda con lo que leí en el periódico el otro día y que resume los descubrimientos de la Fundación de Investigación de Experiencias Cercanas a la Muerte, y sí, existen tales cosas. Cientos de personas fueron entrevistadas acerca de sus roces con la muerte en todo tipo de situaciones -accidentes de autos, dando a luz, intentos de suicidios, etc. Y todos describían la misma cosa extraña: Amor.

Estoy segura que hubiese ignorado el artículo si no me hubiera sucedido algo a mi, algo que me incomoda contar. Parecía tan raro y simple de decir si no fuera verdad -pero estaba segura que al estar tan cerca de morir, no me sentí enojada. Me sentí amada.

En los primeros días después de mi diagnóstico, cuando estaba en el hospital, no podía ver a mi hijo, no podía salir de la cama, y no podía decir con certeza si llegaría al final del año. Pero sentí como si hubiese descubierto algo secreto acerca de la fe. Aún en mis momentos de lucidez, tenía sentimientos difíciles de explicar. Continuaba repitiendo: “no quiero volver atrás, no quiero volver atrás.”

En un tiempo donde debería haberme sentido abandonada por Dios, no fui reducida a cenizas. Sentí como si flotara, flotara en amor y en las oraciones de aquellos que estaban a mi alrededor, como abejas trabajadoras, trayendome notas y flores, y medias tibias junto a edredones bordados con frases de aliento. Todo llegaba como sacerdotes y reflejaban para mí el rostro de Jesús. Cuando se sentaban a mi lado, sostenían mis manos, mi sufrimiento revelaba los sufrimientos de otros, un mundo donde aquellos, quienes al igual que yo, tropiezan en la realidad de sueños que creían haber alcanzado y planes que no concretarán.

Ese sentimiento se quedó conmigo por meses. De hecho, me acostumbré tanto a la sensación de flotar que empezé a tener pánico ante la perspectiva de perderla. Entonces comencé a preguntar a amigos, teólogos, historiadores, pastores que conocía, y monjas que me caían bien, “¿Qué haré cuando se haya ido?”.

Y ellos sabían exactamente a qué me refería porque, ya sea que lo vivieron en carne propia o leyeron al respecto en la teología cristiana. San Agustín lo llamó “La dulzura”. Tomás Aquino místicamente lo nombró “la luz profética”. Pero todos decían ‘si, se irá’. La sensación se irá. La sensación de la Presencia de Dios se irá. Ya no estará por siempre esa prueba de que Dios existe. Y no habrá una fórmula que la traiga de vuelta. Sin embargo, ellos me ofrecieron una pizca de certeza, y yo me aferré a ella. Cuando la sensación de desvanezca como la marea, ellos dijeron, seguro dejará una huella. De alguna manera quedaré marcada por la Presencia Inesperada de Dios.

No intento probar nada. No es algo de lo que alardear. Fue simplemente un regalo. No puedo responder a los miles de correos con mi Cinco Pasos para Salud Divina, o una serie de poderosas fórmulas, con resultados garantizados. Supongo que soy como el hombre que me escribió diciendo que vió a su vecino colgado de un árbol mientras sentía la Presencia de Dios en su vida la misma noche oscura. Sí. Ese es el Dios en que creo.

No puedo conciliar la manera en que el mundo es sacudido por eventos que son maravillosos y terribles, lo increíble y lo trágico. Pero empiezo a creer que estos opuestos no se excluyen. Veo una mujer de edad media en la sala de espera de una clínica de cáncer, con sus brazos alrededor de su frágil hijo. Ella lo aprieta bien fuerte, sin notar la manera tímida en que él la mira. Después de un minuto, él se ríe, rehén de su infranqueable amor.

La alegría persiste y yo me cubro con ella. El horror del cáncer ha hecho que todo se tiña de colores brillantes. Pensamientos llegan a mi una y otra vez: La vida es tan dura… La vida es tan bella.

¿Qué significará para los cristianos renunciar a la pequeña pieza del Sueño Americano que dice ‘eres ilimitado’? No todo es posible. El poderoso Reino de Dios aún no se manifestado en su totalidad. ¿Qué si rico no necesariamente signifique próspero, y pleno no signifique sano? ¿Qué si ser evangélicos signifique simplemente ser personas con Buenas Noticias? Dios está aquí. Somos amados. Es más que suficiente.

Kate Bowler es asistente de cátedra en la Escuela de Divinidades de la Universidad Duke, autora de ‘Bendecidos: Historia del Evangelio Americano de la Prosperidad’, y presentadora de Todo Paa programa de radio de conversaciones sinceras acerca de desafíos de la vida. Vive en Carolina del Norte con su esposo y su hijo.