Una frase corta, pero que encierra muchísimas cosas, más de lo que solemos entender en un tiempo en que el ministerio cristiano se ha transformado en sinónimo de “hacer algo en la iglesia”.

En la mente de Pablo, y frente a las necesidades de Timoteo, cumplir con el ministerio es llevar a cabo con las máximas energías la tarea encomendada por Dios. Puede ser, de manera obvia, aquello que hagamos en nuestras reuniones públicas, pero va más allá. Se habla mucho de propósitos en estos días, por lo que podemos definir ministerio como el propósito, la finalidad o funcionalidad para lo que se te rescató.

Cristo no nos salvó para que pensemos nuestros ministerios como apéndices de nuestras existencias, sino para que nuestra vida sea el ministerio por el cual la obra de Dios se manifiesta. Así, aún lo que hagamos en nuestras reuniones será parte de nuestro ministerio, y no el todo.

Ministerio es nuestra devoción privada, y es la forma en que honramos a Cristo en lo público y privado. Entender eso nos llevará también a reevaluar la forma en que discipulamos a quienes vienen a los pies de Cristo. Debemos mostrar, con palabra y ejemplo que ministerio no es sólo predicar o dirigir una reunión, cosa que pocos podrán hacer, sino que es que nuestras vidas se desarrollen enteramente como ámbitos de servicio.

Cabe una pregunta ¿es mi vida un ministerio en y más allá de las tareas eclesiales? Si es así, estoy cumpliendo con el mandato divino, y estoy cumpliendo con aquello para lo que salvó Cristo.

Ministerio no es dar lo que sobra del día. Ministerio debe ser mi forma de vida.